Réquiem por un buen susto
Recuerdo con una sonrisa en el rostro la primera vez que tuve el placer de ver "El Exorcista", tenía nueve años y fuí incapaz de conciliar el sueño durante meses. Mi hermana, mi nana y yo dormíamos en la misma habitación aunque yo no podía hacerlo. Mi querida hermanita duerme con los párpados semiabiertos y durante el REM sus lindos ojitos se asemejan mucho a huevos cocidos, característica inolvidable de Regan McNeal en la famosa cinta. Mi adorada nana Carmen ronca como si fuese un vikingo encabronado y ebrio, no como la dulce y tierna mujer que cuidaba de mi y de mi hermana con amor y entrega incondicionales. Sumen éstos dos factores, un inocente niño asustado y largas noches de vigilia esperando a que el chamuco se manifestara por medio de dos de mis seres más queridos y se darán una vaga idea del inmenso terror que sentí durante esta maravillosa etapa de mi vida.
Cómo añoro esa sensación horripilante, miedo puro, miedo inocente, miedo provocado por una peliculita que, dice la leyenda, provocó desmayos y muerte en salas de cine de todo el orbe debido a sus aterradoras escenas y diabólicos efectos especiales.
Cuando el miedo logró desvanecerse, me convertí en un fiel seguidor de las películas de horror, solía esperar la llegada del fin de semana para ir con mi papá al videocentro más cercano a buscar cassettes beta con calacas, demonios, rostros ensangrentados, mounstros, vampiros, y demás imágenes grotescas que indicaran que el filme contenido en él prometía gritos, sangre, muerte, tripas, y alguna flatulencia premiada por parte del espectador.
De esta manera tuve la oportunidad de tener contacto con joyas del género como The Omen, Christine, Cujo, Poltergeist, Nightmare on Elm Street, Friday 13th, Halloween, Carrie, The Shining, Alien, y un largo etcétera.
Fuí un fan desquiciado de Freddy Krueger, incluso obligué y no di tregua a mi pobre padre hasta que con ingenio y paciencia me construyó un guante similar al que el malvado conserje utilizaba para desgarrar a sus desafortunadas víctimas oníricas. Era maravilloso personificarlo, aunque la pésima calidad de la máscara que con grandes esfuerzos logró conseguir mi papá en un mercaducho, apenas y permitía respirar y lograba que de mi cara emanaran litros y litros de sudor agrio. Es un milagro que mi alter ego no acabara asesinándome por asfixia, deshidratación o ambas.
Para mi infortunio y de muchos, en la actualidad, el cine de terror está casi muerto. Hoy en día los pocos filmes que dignamente pretenden emular las viejas glorias de sus predecesoras, no han logrado provocar la histeria colectiva ni la polémica de los clásicos de este infravalorado género.
Con lágrimas en los ojos imploro al príncipe de las tinieblas que con su infinito y maléfico poder resucite las películas de miedo chingonas. Le pido que no permita que esta generación de emos sabelotodos y yuppies intelectualoides hagan mofa de ellas. ¡Qué se pudran! Satanás asústalos con historias en donde el personaje sea acosado por casi-novias que se hacen sus mejores amigas por culpa de un antiguo maleficio, donde la obesidad los envuelva en su adiposo manto como si fuese The Blob (La Mancha Voraz), donde sus antros de preferencia se vean hacinados de súbito por nacos tal cual zombies en el famoso mall de Dawn of Dead. Tal vez esto si logre asustarlos.
La ingenuidad de antaño se ha perdido. Es una tarea aparentemente imposible el provocar miedo con mounstros, demonios, brujas, fantasmas y vampiros si la audiencia ha rebasado cierta edad. Pobres películas de miedo. Parecen destinadas al olvido o a ser homenajeadas como una parodia de si mismas.
No me queda más remedio que recordar con melancolía aquellos años en donde por las noches escuchaba los ronquidos de mi nana y estaba atento a los ojos de huevo cocido de mi hermanita; aquellos días en los que jugaba a desgarrar las carnes de todo aquel que se interpusiera en mi camino cual conserje chamuscado. Aquellas mañanas en que me daba miedo hacer pipí por que no fuera que de la taza del baño saliera una horrible criatura de dientes afilados que me convirtiera al instante en eunuco.
El género agoniza, da sus últimos estertores, y la muerte lo acecha. Es por ello que ofrezco con tristeza y desesperanza este absurdo Réquiem.
